La traducción no es una mera traslación: charla con Mónica Lavín

Mónica Lavín
Mónica Lavín

En el marco de la Feria del Libro en Español “LéaLA”, que se celebra cada año en la ciudad de Los Ángeles, tuve la oportunidad de charlar con la Sra. Mónica Lavín, prolífica escritora, cuentista, ensayista y profesora mexicana. Durante la Feria LéaLA, Mónica presentó su libro “Las rebeldes”, una novela de ficción que cuenta la vida de una heroína mexicana que dejó todo por unirse a la Revolución Mexicana. La Sra. Lavín irradia paz, calma y palabras sabias, las cuales plasma en cada una de sus obras. Es ganadora de varios premios literarios: el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen por su libro “Ruby Tuesday” y  el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska en 2009 por su novela histórica “Yo, la peor”, que trata de la vida de Sor Juana Inés de la Cruz.  Esta entrevista se publicó originalmente en inglés en el boletín electrónico de la Asociación de Traductores e Intérpretes de Nevada (NITA, por su sigla en inglés) y ahora la comparto con mis lectores en español. Agradezco la colaboración de la excepcional editora de la traducción al inglés, Roxane Dow, por su extraordinario trabajo.

 

¿Qué experiencia nos puede comentar, primero, acerca de ser traductora literaria, y segundo la experiencia que ha tenido con las traducciones de sus libros?

Fíjate que te agradezco mucho esta entrevista. Me da mucho gusto platicar contigo acerca de este campo que, por algo se le llama como decías tú, la versión, la cual es la carga personal de quien traduce; es decir es una apropiación del texto para ponerlo en sus propias palabras. A mí me parece muy interesante la palabra versión porque si no existiera todas las traducciones serían iguales. Lo que traduce fulano y mengano tendrían que ser iguales, porque sería una mera traslación. No, cada versión es diferente y es lo que es fascinante acerca de la obra y de la lengua.

Mira, yo como traductora tuve la experiencia como coordinadora de una compilación de cuentos que se publicó en City Lights en San Francisco, y fui afortunada de trabajar con un traductor, Arturo Segade, que dirigía el departamento de traducción literaria de la Universidad de San Diego. Es tan interesante. Yo había traducido un cuento, pero no había estado con un profesional de la traducción. Cómo dialogábamos sobre cada cuento, porque no había una palabra en inglés, porque había matices. Había cosas que no queríamos hacer: una traducción con muchas notas donde se tuviera que explicar, porque perdía el vigor el propio cuento. Entonces se me hizo muy interesante trabajar con él, y sobre todo comprendí la dificultad y la tarea enorme que es traducir y poder no solo dar un texto que respete la estructura –eran cuentos de mexicanos, eran quince cuentos— sino también es mantener una música, un ritmo, un sentido, algo que produzca una emoción estética igual que de fondo. Me pareció  que leían muy bien. Ya que logramos superar los escollos que [él] me preguntaba, fue sensacional. Palabras como camellón, que en México es este jardincito, no hay en inglés un equivalente y había un cuento en el que la vaca estaba precisamente en el camellón y había que dejar esta imagen de lo urbano y lo rural y no encontrábamos un equivalente de la misma. Bueno, estos son los ejemplos de los tipos de escollos que había que resolver. Yo personalmente tuve la oportunidad de traducir una colección de cuentos de la escritora canadiense Margaret  Atwood. Se llama The Tent. De repente vi la obra de Margaret, a quien conocí personalmente una vez que fue a México, y sus novelas se traducen rapidísimo. Pero los cuentos no, porque es esta misma historia de la que habla Rosa Beltrán. Y cuando vi dije que si yo podía ser la traductora, y ella me puso en contacto con su agente, confió en mí porque soy escritora. ¡Y qué barbaridad!, porque es una cuentista-poeta, entonces usa un lenguaje con sutilezas y matices; palabras que yo no conocía. Me llevó por unos meandros tan maravillosos de como reto y como aprendizaje del sonido y del sentido de las palabras que había elegido ella. Entonces creo que traducir no solo es cambiar el texto a un idioma, sino ponerte en el pellejo, ser un cómplice del escritor. Mi reto es que los cuentos suenen como suenan en inglés, que transmitan la misma emoción con la salvedad de que hay ciertos juegos de palabras que no se pueden respetar de la misma manera y hay que ver cómo lo haces. Para mí sigue siendo un aprendizaje: me quedé con ganas de seguir traduciendo porque es una manera de aprender, es una manera de leer al otro porque hay una cercanía muy grande.

Sabemos que hay cuentos y novelas increíbles de autores mexicanos que vale muchísimo la pena tener una traducción en inglés para que los anglos puedan conocer más acerca de la cultura mexicana, sobre todo. Es a través de la literatura que podemos estar en contacto con una cultura diferente. En Estados Unidos hay ciertos estereotipos en relación con los mexicanos y los que estamos aquí tenemos la tarea de reivindicar la imagen del mexicano. Es a través de la literatura que se puede lograr esto. Yo leí el libro en el que usted participó de la edición. En esta colección hay un cuento de Ethel Krauze -Isaías VII:14- que habla del paradigma ante el que se encuentran las familias mexicana judías frente al predominio del catolicismo. ¿Cómo se puede transmitir este fenómeno que sucede en México? ¿Hay alguna forma de que se entienda simplemente con leerlo o hay que explicarlo?

Bueno, para mí como mexicana se explica. Yo lo leo y lo comprendo perfectamente, pero es una pregunta que nunca me había hecho. Yo vengo de una tradición católica y celebro la Navidad como la mayoría y nunca me había preguntado  qué pasaría con una familia como la del cuento, que se va a pasar la Navidad a Sanborns, pero el lugar está vacío porque todos están celebrando la Navidad. Me pareció genial que Ethel Krauze me abriera a ese México diverso, a ese otro México que también existe y coexiste en la ciudad, esos muchos Méxicos que no entran en el estereotipo, lo cual se me hace fantástico que la literatura nos haga ver esa variedad y diversidad de lo que es México: el México contemporáneo, el México urbano, el México múltiple con diferentes tradiciones, costumbres, ciudades que se funden en el espacio. Me parece que tendríamos que explicar cómo estamos, pero creo que Ethel Krauze lo define muy bien porque hasta pinta a las meseras que van vestidas como a la mexicana, pero con un uniforme y cómo es un lugar que siempre está abierto, lo cual permite que también esté abierto en Navidad para una familia judía. Y que viene el tema que ya es universal: uno quiere pertenecer. Lo que uno no quiere cuando se es niño, sobre todo, es que te tachen de que eres distinto y la niña lo que dice es: ¿por qué no las dos cosas? Eso es lo que creo que ha ido sucediendo en la cultura mexicana, que de todos modos aunque no haya una creencia religiosa para la Navidad, de todos modos se hacen las fiestas, o sea, la posada, la piñata –todo eso que también se está perdiendo—pero se asemeja más a la tradición y no a la religión y de alguna manera se vive. Pero a mí me gustaba el dilema de la niña: yo no quiero ser distinta, yo quiero ser como mis compañeras. Yo creo que eso toca la fibra de cualquier lector de cualquier lado. Yo me acuerdo que de niña, las niñas llevaban zapatos de punta con una trabita aquí y mi mamá, a mi hermana y a mí, nos ponía unos sin trabita y nos vestía con unos redondos. Mi hermana y yo sufríamos porque queríamos tener los zapatos como más de niña grande y no los zapatos que nos ponía porque nos parecía que no pertenecíamos a lo que la mayoría pertenecía. Entonces creo que es un dilema que a cada quien le atañe de distinta manera y qué bueno que tocas ese cuento de Ethel Krauze que además es gracioso.

¿Alguna recomendación para aquellas personas que tengan pensado entrar en el campo de la traducción literaria? ¿Es más fácil traducir cuando se es escritor o simplemente es diferente?

Es una buena pregunta. No sé, porque no he traducido no siendo escritora. Lo que sí sé es que se necesita un lector, ya sea de cuento o del género que se va a traducir, es decir se necesita una sensibilidad digamos, alguien que escuche y que le emocione. Se necesita que no sea un trabajo, sino que ese cuento te mueva algo del estómago que te quieras sentar. Yo creo que esa es, finalmente, la parte fundamental porque a mí me han traducido unos cuentos que luego me mandan para leer —afortunadamente leo inglés para juzgar porque en otro idioma estaría perdida— y no son escritores y yo veo que el cuento tiene su fuerza y su vigor, o sea, yo siento y veo que sí se conservó la esencia. Sí, yo cuando lo leo siento como si lo leyera en español y no en otro idioma. Y me produce la sensación de que no hay estorbos, no hay escollos. Se produce lo que es la fluidez narrativa y veo que sí se puede hacer. No creo que se necesite solo un escritor. Un escritor lo que hace a lo mejor es plantearse preguntas de análisis para decir:  “¡Ah! Mira, empezó por aquí”. Preguntas que sirven para el oficio. Hacer un diálogo con el autor que no necesariamente se refleja en la traducción, sino decir: “¡Ah! Mira qué interesante que está terminando el cuento de esta manera, o cambió el tono o la voz narrativa”. Tiene que ver con decisiones que un escritor siempre tiene que tomar.

 

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